La galería que ha vivido mil vidas
Hay lugares que se construyen para cumplir una función. Y hay otros que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en algo mucho más difícil de explicar. Este espacio ha sido tienda, atelier, taller, bar, cabaret, escenario, refugio, punto de encuentro y galería de arte.
Miles de historias convertidas en galería
Ha visto noches que nunca terminaron, artistas que aparecieron sin avisar, desconocidos que acabaron cenando juntos, historias de amor y desamor, conciertos, fiestas, lágrimas, risas y alguna que otra situación difícil de explicar al día siguiente. Durante diez años, este lugar ha cambiado muchas veces. Pero quizá lo único que nunca ha cambiado es su capacidad para hacer que algo ocurra.
Diez mil años, diez mil vidas
Cuando Jean abrió sus puertas en 2016, aquel espacio todavía no era exactamente la galería que conocemos hoy. La primera idea era exponer su propio arte. Pero el problema era sencillo: todavía no tenía suficiente obra. Así que empezó vendiendo ropa. Y funcionó. Mucho. Primero llegaron las marcas. Después, la máquina de coser. Jean empezó a cortar bajos, modificar prendas, transformar camisas, añadir volantes y hacer arreglos para sus clientas en el mismo momento. Después llegaron las costureras. Y los vestidos. Y los desfiles. Una vez llegó a reunir a unas 300 personas en la calle San Miguel para ver un desfile de moda creado por él. Durante aquellos años, el espacio llegó a convertirse prácticamente en un atelier. Jean cosía de madrugada, diseñaba, transformaba prendas y construía una clientela enorme alrededor de la moda. Hasta que volvió a aparecer una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza… Jean quería cantar. Quería hacer espectáculos. Quería convertir aquel lugar en un cabaret. Y volvió a hacerlo a su manera. Tiró paredes, modificó espacios, cambió instalaciones, creó un escenario, construyó dos cuartos de baño y convirtió parte de la galería en un bar. El patio se transformó en un pequeño chill-out. Aparecieron las neveras, las copas, los cócteles, los camareros, la música… Y, entonces, llegó el COVID. El espacio volvió a cambiar. Hubo noches clandestinas, conciertos improvisados y una vida que continuó ocurriendo entre cuatro paredes mientras el mundo exterior estaba parado. Durante años, Jean siguió reinventándolo. Hasta que ocurrió algo que quizá estaba destinado a ocurrir desde el principio. Dejó de esconder su arte entre la moda. Y puso el arte en el centro. Después de diez años, la galería había llegado finalmente a su propia forma. La que siempre había estado buscando.
Mucho más que una galería
Aquí nunca se ha sabido muy bien dónde terminaba una noche y empezaba una historia. Porque aquí ha pasado de todo. Una vez, Jean estaba cantando dentro cuando alguien llamó a la puerta. Era Javier Godino, actor conocido por la película ganadora del Óscar, El secreto de sus ojos. Había llegado a Altea para representar El Principito y había escuchado la música desde fuera. Entró. Aquella noche terminó durmiendo en la galería. Al día siguiente, Jean recibió una rosa. Y una invitación para él, su hermana y su mánager para asistir en primera fila a El Principito en el Palau de Altea. Jean cerró la galería unos minutos antes de la función, salió corriendo, llegó cuando ya estaban apagando las luces y tuvo que atravesar todo el patio de butacas para llegar a su asiento. Cuando apareció en primera fila, el público empezó a aplaudir. Durante unos segundos, muchos pensaron que aquel personaje vestido de blanco, con el pelo rubio y aquella presencia imposible, formaba parte del espectáculo. Quizá, de alguna manera, ya formaba parte. También hubo cenas. Una de ellas reunía a diez personas que no se conocían entre sí. Al llegar, Jean les vendaba los ojos. Después empezaba una experiencia construida a través de sonidos, tacto, comida y conversación. Por un rato, diez desconocidos compartían mesa sin saber quién tenían delante. Hasta que se quitaban las vendas. Y se descubrían. Y después, la noche se hacía eterna con actuaciones de Jean Cocó hasta el amanecer.
¿Más cosas que se puedan contar? También hubo noches de cabaret. Jean cantando boleros. Primero para unos pocos. Después para todo el mundo. Un espectáculo elegante, íntimo y sensorial que empezaba casi como un concierto y terminaba con todos cantando y bailando. Y hubo noches que simplemente se fueron de las manos. Personas que llegaban para tomar una copa y acababan durmiendo en cualquier rincón. Madrugadas en las que vecinos, políticos y artistas de Altea llamaban a la puerta y entraban a bailar, con la Luna y luego el Sol como testigos. Y también situaciones mucho más surrealistas. En varias ocasiones, hombres que habían llegado acompañados de sus mujeres entraron en el baño buscando a Jean con intenciones bastante menos inocentes que las de una visita cultural. Una noche apareció Rafael Amargo. Jean estaba dentro cuando lo vio al otro lado del escaparate. Abrió. Rafael entró. Y, durante más de una hora, aquel espacio se convirtió en un escenario improvisado de flamenco. Después le dijo algo que Jean nunca olvidó: “Tú tienes algo. Eres una estrella.” De allí nació una colaboración. Jean empezó a tocar el piano y cantar mientras Rafael bailaba. Y, una vez más, el universo de Jean había conseguido llevarlo a un lugar que no había planeado. Hay muchas más historias. Tantas que sería imposible contarlas todas. Pero quizá esa sea precisamente la esencia de este lugar. Que nunca sabes exactamente qué va a pasar cuando cruzas la puerta.
Un recorrido por el universo Jean Cocó
Hoy la galería puede recorrerse casi como un pequeño universo dividido en mundos. El primero aparece incluso antes de entrar. Las cortinas rojas. Los escaparates. Los espejos. Las frases. Las obras… La gente que se para fuera para hacerse una fotografía sin saber todavía qué hay al otro lado. Y entonces abres la puerta. La música ya estaba sonando. El olor también. Ámbar, sándalo y ese punto de humedad que forma parte de la personalidad de un espacio antiguo. Dentro aparecen las primeras estrellas. Pequeñas obras. Láminas. Postales. Bisutería. Anillos. Pendientes. Objetos que pueden llevarse contigo. Pero, sobre todo, arte. Porque aunque durante años este lugar haya cambiado de piel, hay algo que Jean tiene muy claro: esto es una galería de arte. La primera sala es luminosa. Es la parte que te recibe. La que te invita a mirar, tocar, descubrir y quedarte un poco más. Después cambia la atmósfera. Entras en una zona más oscura. Aparece el escenario y la barra; el antiguo corazón del cabaret. El lugar donde Jean ha cantado, actuado, celebrado y creado algunas de las noches más particulares de la historia de este espacio y de Altea. Aquí también está su armario. El armario de Jean Cocó. Porque algunas prendas no son simplemente ropa. También forman parte de un personaje, de una época, de una vida. Y todavía queda una tercera habitación. El atelier. El lugar donde ocurre algo diferente. Aquí no vienes solamente a mirar lo que Jean ha creado. Aquí puedes imaginarlo creándolo. Durante años este espacio fue también el corazón del bar: allí estaban las neveras, los vasos, los cócteles, los platos, todo lo necesario para que las noches siguieran adelante. Hoy vuelve a ser un lugar de creación. Un espacio de apoyo. Un lugar donde las ideas pueden convertirse en objetos, cuadros y nuevas historias. Tres espacios. Tres momentos. Descubrir. Vivir. Crear.
Un lugar para volver a mirar
Durante estos diez años también han cruzado estas puertas personas de todo tipo. Artistas. Actores. Músicos. Periodistas. Creadores. Personajes públicos. Y miles de visitantes que simplemente llegaron a Altea y sintieron curiosidad por aquel lugar extraño de la calle San Miguel. Por aquí han pasado Javier Godino, Lolita Flores, Rafael Amargo, Pedro Piqueras, Yolanda Díaz, María Abradelo, Sergio Dalma y muchos otros rostros conocidos. Pero para Jean, lo importante nunca ha sido solamente quién entra; es lo que ocurre cuando entran. Porque la galería forma parte de una historia mucho más grande. La de una Altea que durante décadas fue refugio de artistas, músicos, artesanos y bohemios. Una Altea donde el arte estaba en las calles. Jean llegó a ese lugar años después y, a su manera, empezó a recuperar ese hilo. Mezcló arte, moda, joyería, música, espectáculo y creación. Se adaptó a los tiempos. Se reinventó una y otra vez. Y terminó construyendo un espacio que solo podía existir aquí. En Altea. En la calle San Miguel. En el universo de Jean Cocó. Por eso, después de diez años, Jean tiene una cosa clara: si vienes a Altea, tienes que entrar. No porque dentro haya una determinada colección. Ni porque haya una determinada obra. Ni porque alguien famoso haya pasado por allí. Sino porque hay lugares que forman parte de la identidad de una ciudad. Y este es uno de ellos. Entra. Mira alrededor. Escucha la música. Huele el ámbar. Déjate llevar. Quizá encuentres una obra. Quizá una historia. Quizá una canción. Quizá simplemente te quedes unos minutos mirando. Y quizá, cuando salgas, te lleves contigo una pequeña estrella de este universo. La puerta está abierta.