El artista que creó el universo
Hay personas que encuentran su lugar en el mundo. Y hay otras que, cuando no encuentran ninguno que les encaje, deciden construirlo.
El creador
Nació el 10 de enero de 1987 en Antequera, Málaga, aunque creció en Archidona, donde vivió hasta los 20 años. Después llegaron el Conservatorio de Antequera, donde estudió piano y violonchelo; cuatro años en Granada dedicados a la ornamentación islámica restaurando la Alhambra y a la especialidad superior de Escultura; una etapa en Londres como decorador de interiores junto al gran Thierry Richard; y, finalmente, Altea. Un recorrido que, visto desde hoy, parece tener un hilo conductor: la necesidad de crear, transformar y encontrar nuevas formas de mirar. Jean siempre se ha sentido diferente. Desde niño. Quizá por eso nunca ha entendido demasiado bien la idea de que las cosas tengan que hacerse de una única manera.
Capítulo 1 — El niño que veía el mundo diferente
Con siete años, Jean pasaba horas escuchando las historias de personas mayores. Mientras otros niños buscaban a gente de su edad, él prefería sentarse junto al abuelo de un amigo y escuchar sus historias de la guerra. Las personas mayores le enseñaron a mirar el mundo. En su casa ocurría algo parecido. Con diez años ya tenía una afición que, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una parte fundamental de su profesión: cambiarlo todo de sitio. Movía los muebles, cambiaba la decoración y transformaba las habitaciones de sus padres mientras ellos estaban fuera. No sabía todavía que aquello tenía un nombre. No sabía que algún día se llamaría decoración, dirección artística o diseño de interiores. Simplemente sabía que un espacio podía hacerte sentir diferente. Y que él quería descubrir cómo. Esa sensibilidad le acompañaría siempre: la fascinación por las personas, por los objetos, por las atmósferas y por todo aquello que puede transformar un lugar y, con él, a quien lo habita.
Capítulo 2 — Construir un sueño con sus propias manos
Antes de convertirse en galería, aquel espacio era una casa vieja. Jean tenía veintitantos años, estudiaba Bellas Artes y no tenía prácticamente dinero. Se metió en un alquiler que apenas podía pagar y pidió un préstamo lleno de fe para empezar a construir algo que todavía nadie más podía ver. Su familia y sus amigos pensaron que estaba loco. Y probablemente tenían razón. Durante cinco meses, mientras sus compañeros preparaban sus Trabajos de Fin de Grado, Jean estaba picando paredes, colocando suelos, instalando puertas, haciendo baños y transformando aquella casa deteriorada con sus propias manos. Era Viernes Santo. Mientras el mundo descansaba, Jean estaba construyendo su futuro a martillazos. Cada visita de un amigo podía acabar con un ladrillo dentro de una bolsa de basura, porque había que hacer desaparecer los restos de la obra sin levantar demasiadas sospechas. Aquella casa terminó convirtiéndose en su TFG. Pero Jean quiso llevarlo todavía más lejos. En lugar de presentar su proyecto ante un jurado mediante un PowerPoint, consiguió que el jurado de Bellas Artes acudiera físicamente al espacio para valorar la obra allí donde había sido creada. En 2016 abrió las puertas. Su TFG se había convertido en una galería. Y la galería, sin que él lo supiera todavía, acabaría convirtiéndose en el universo que lleva construyendo desde entonces.
Capítulo 3 — Cuando el universo empezó a ser visto
Al principio, Jean no tenía claro que aquella galería fuera a convertirse en lo que es hoy. De hecho, durante los primeros años estuvo muy enfocada hacia la moda. Había ropa, diseño, piezas de otros creadores y una enorme energía alrededor del espacio. Pero Jean sentía que faltaba algo. Él mismo había estudiado Bellas Artes. Había dejado de pintar. Y, poco a poco, empezó a darse cuenta de que estaba construyendo un negocio alrededor del arte sin estar poniendo su propio arte en el centro. Entonces llegó uno de esos momentos que cambian una vida. Un cliente procedente de Dubái entró en la galería y creyó profundamente en su trabajo. Compró gran parte de su obra, impulsó su reconocimiento internacional y llevó su nombre a lugares que Jean nunca había imaginado. De repente, aquel artista que había empezado con un modesto préstamo euros estaba viajando, exponiendo y entrando en un mundo de lujo que parecía pertenecer a otra vida. París. Nueva York. Hong Kong. Hoteles que antes solo había visto en fotografías. Exposiciones internacionales. Reconocimiento. Dinero. Su universo empezaba a ser visto desde fuera. Pero aquella etapa también le enseñó algo que ninguna exposición podía enseñarle. Durante un tiempo lo tuvo todo. Y, sin embargo, no se sentía necesariamente mejor. La experiencia le hizo cuestionarse qué significaba realmente tener éxito y qué precio estaba dispuesto a pagar por él. Con el tiempo, Jean empezó a alejarse de la necesidad de demostrar, de acumular y de ser reconocido. El lujo dejó de ser el objetivo. La libertad empezó a serlo. Hoy lo explica de una manera mucho más sencilla: su verdadero éxito es poder elegir. Poder decir que no. Poder decidir qué pinta, qué crea, con quién trabaja y cómo quiere vivir.